El análisis del ex oficial de inteligencia Scott Ritter sobre el conflicto entre Estados Unidos e Irán revela una dimensión quizás más preocupante que la pura logística militar: el colapso sistémico de los procesos de inteligencia y toma de decisiones en Washington. Según Ritter, la administración estadounidense no solo carece de los recursos para ganar esta guerra, sino que opera bajo premisas fundamentalmente erróneas sobre su adversario, alimentadas por una comunidad de inteligencia politizada y una influencia externa distorsionadora.
La Gran Ignorancia: Irán como un Enigma Incomprendido
El error más grave, según Ritter, radica en un "nivel sin precedentes de ignorancia en la alta dirección de Estados Unidos sobre qué es Irán, quiénes son los iraníes, qué es la República Islámica y qué papel desempeña el Islam en la sociedad iraní".
La administración estadounidense concibió su estrategia bajo la premisa de que Irán funciona como una dictadura unipersonal, donde la figura del líder supremo, Ali Jamenei, constituye el pilar único del sistema. Esta visión reduccionista llevó a la conclusión de que su eliminación provocaría el colapso automático del régimen y un levantamiento popular que instalaría un gobierno afín a Occidente.
La realidad, argumenta Ritter, es diametralmente opuesta. La República Islámica de Irán, que califica como "la democracia más eficaz y funcional de Oriente Medio", posee una estructura constitucional robusta. Cuando los primeros misiles alcanzaron Teherán y mataron al líder supremo, el sistema no colapsó. Inmediatamente, siguiendo el mecanismo previsto en la Constitución, un comité de emergencia asumió el liderazgo, y en cuestión de días la Asamblea de Expertos procedió a elegir un nuevo jurista supremo.
Lejos de provocar división, el ataque fortaleció la unidad nacional. "El pueblo iraní se está uniendo en torno a su nación", observa Ritter. No hubo manifestaciones exigiendo el derrocamiento del gobierno, sino una cohesión social que los planificadores estadounidenses no pudieron anticipar porque basaron sus análisis en la diáspora iraní —personas que huyeron tras la revolución de 1979 y que, según Ritter, "no saben nada de Irán, no tienen apoyo en Irán".
Esta incomprensión fundamental de la naturaleza del adversario llevó a lo que Ritter denomina "definir incorrectamente el problema": si defines a Irán como una dictadura que colapsará con la muerte de su líder, no tienes una solución para un Irán que funciona como una república constitucional cohesionada.
La Politización de la Inteligencia: Cuando todo se subordina a la POLÍTICA.
El segundo pilar del fracaso intelectual estadounidense reside en el deterioro de su propia comunidad de inteligencia. Ritter, con su experiencia como oficial de inteligencia del Cuerpo de Marines, diagnostica una enfermedad crónica: la politización del proceso de inteligencia.
"La comunidad de inteligencia, en lugar de decirles a sus superiores lo que necesitaban oír, la verdad, les dijo lo que querían oír", afirma Ritter. Este cáncer, según él, infectó a la comunidad en el período previo a la guerra de Irak, cuando se fabricaron argumentos sobre armas de destrucción masiva para mantener sanciones y justificar la invasión, ignorando el trabajo de los inspectores de la ONU que habían verificado el desarme iraquí.
En el contexto actual, esta dinámica se reproduce con consecuencias potencialmente más graves. Ritter revela que los generales estadounidenses han sido honestos con el presidente: le han dicho claramente que no pueden cumplir la misión "con los recursos disponibles, en el plazo que desea y con los objetivos que pretende". El director del Estado Mayor Conjunto fue destituido precisamente por insistir en esta advertencia. En el momento de la entrevista, circulaban rumores de una "revuelta de generales" en el Pentágono, con posibles dimisiones masivas.
El problema es que, incluso cuando los profesionales militares advierten sobre la inviabilidad de la empresa, la cúpula política ha creado un sistema que filtra estas advertencias o las ignora deliberadamente. El presidente prefiere escuchar a quienes confirman sus sesgos. El ejemplo más revelador, según Ritter, ocurrió cuando la directora de inteligencia nacional, Tulsi Gabbard, testificó ante el Congreso diciendo la verdad sobre el programa nuclear iraní. La respuesta presidencial fue: "Está equivocada. Yo obtengo mi información de otra persona".
Esta declaración, para Ritter, es demoledora: "Esa es tu directora de inteligencia nacional. No hay nadie más. Nadie por encima de ella". La conclusión es inevitable: el presidente recibe su información de fuentes externas no oficiales, lo que invalida todo el proceso institucional de inteligencia.
La Influencia Distorsionadora de Israel
El tercer factor que corrompe el proceso de toma de decisiones es, según Ritter, la influencia israelí. Cuando el presidente afirma recibir información de "otra persona" distinta a su propia directora de inteligencia, Ritter interpreta que esa fuente es Israel.
"Israel está corrompiendo fundamentalmente el proceso de formulación de políticas aquí en Estados Unidos", sentencia. Esta influencia no se limita a proporcionar inteligencia alternativa, sino que moldea la propia percepción del conflicto. Ritter menciona el caso de Jared Kushner, quien representaba el 50% del equipo negociador con Irán mientras simultáneamente se reunía con la diáspora iraní en Estados Unidos para "crear un comité que elija al próximo líder de Irán".
Esta dualidad —negociar con el gobierno iraní mientras se conspira con sus opositores exiliados para reemplazarlo— demuestra, en opinión de Ritter, que "no nos tomábamos en serio las negociaciones". Pero más allá de la mala fe negociadora, revela una dependencia de fuentes de información profundamente sesgadas. La diáspora iraní, con su hostilidad hacia la República Islámica y su desconexión de la realidad sociopolítica contemporánea de Irán, proporciona exactamente el tipo de análisis que confirma los deseos de la administración: que el régimen es frágil, impopular y está a punto de colapsar.
La Trampa del Deseo sobre la Realidad
La combinación de estos tres factores —ignorancia fundamental sobre Irán, politización de la inteligencia nacional e influencia distorsionadora de actores externos— ha creado lo que Ritter describe como una trampa cognitiva. La administración estadounidense no solo malinterpreta a su adversario, sino que ha construido un sistema que activamente excluye la información contradictoria y premia el análisis que confirma sus prejuicios.
Ritter resume esta dinámica con una frase reveladora: "Odiamos tanto a la República Islámica que nos permitimos ignorar el hecho de que es la democracia más eficaz y funcional de Oriente Medio". Este odio, combinado con la arrogancia de asumir la superioridad del modelo estadounidense, ha cegado a los responsables políticos ante la realidad sobre el terreno.
El resultado es una guerra iniciada bajo premisas falsas, que ya en sus primeros días demostró ser exactamente lo contrario de lo que sus planificadores anticiparon: en lugar de un régimen colapsado, encontraron una nación unida; en lugar de un levantamiento popular, encontraron cohesión social; en lugar de una victoria rápida, se enfrentan a una guerra de desgaste existencial para la que no están preparados.
Como concluye Ritter, "no se puede resolver un problema si antes no se define con precisión". Y Estados Unidos, atrapado en su propio laberinto de errores de inteligencia y distorsiones políticas, definió el problema de Irán de la manera más equivocada posible.
.png)
0 Comentarios